Mientras volamos 15 horas sobre un interminable manto azul entre Sídney y Los Ángeles, poco imaginamos que bajo nosotros descansa el último vestigio de Panthalassa, el océano primordial que una vez rodeó Pangea.
Contemplada desde determinadas perspectivas, la Tierra podría confundirse con un gigante gaseoso como Urano, Neptuno o incluso con mundos oceánicos teorizados en sistemas estelares distantes. No obstante, se trata de nuestro planeta: un mundo predominantemente acuático que evidencia una realidad a menudo olvidada: la mayor parte de la superficie terrestre no es masa continental, sino océano.
Y los datos confirman esta percepción visual: aproximadamente el 71 % de la superficie del planeta está cubierta por océanos. Pocas imágenes ilustran esta proporción de manera tan elocuente como la vista del Pacífico que IFL Science localizó en Google Earth, donde la Tierra se presenta como una esfera azul casi uniforme. En esta perspectiva, apenas se vislumbran los contornos de América y Australia; el resto es una inmensa extensión oceánica.
El océano Pacífico: dimensiones que desafían la comprensión
El océano Pacífico no es simplemente grande; es colosal de una manera que desafía la comprensión humana. Según datos de la NOAA, representa por sí solo casi la mitad de toda el agua oceánica del planeta. Para dimensionar su magnitud: todos los continentes del mundo cabrían dentro de la cuenca del Pacífico y aún sobraría espacio.
Los datos oficiales de la NOAA revelan la complejidad de dimensionar esta inmensidad: el National Ocean Service establece su superficie en 63 millones de millas cuadradas (aproximadamente 162 millones de km²), mientras que Ocean Explorationla sitúa en 155 millones de km². Estas variaciones, atribuibles a diferentes metodologías de cálculo y conversión, no alteran una realidad incontestable: el Pacífico supera con creces la extensión de cualquier otro océano terrestre.
La vastedad horizontal del Pacífico constituye apenas el comienzo de su imponente magnitud. Este coloso oceánico se sumerge en profundidades que desafían la imaginación humana. Su profundidad media de 4.000 metros ya resulta extraordinaria, pero en la fosa de las Marianas –específicamente en el abismo Challenger Deep– el lecho marino se precipita más de 11.000 metros bajo el nivel del mar, estableciendo este punto como el lugar más profundo conocido del planeta.
Desde otra perspectiva, la experiencia de un vuelo transpacífico ofrece quizás una de las imágenes más claras de esta inmensidad oceánica: la travesía aérea entre Sídney y Los Ángeles dura unas 15 horas, en las que los pasajeros contemplan un mar azul que parece no tener fin.

Origen geológico: de Panthalassa al océano Pacífico moderno
¿Cómo llegó a formarse semejante gigante marino? La historia del Pacífico se remonta a la época en la que todos los continentes estaban unidos en un supercontinente llamado Pangea. En aquella era, la Tierra estaba rodeada por un único océano: Panthalassa.
“Panthalassa era el proto-Pacífico”, explicó la oceanógrafa Susanne Neuer, directora fundadora de la Escuela de Futuros Oceánicos de la Universidad Estatal de Arizona en Tempe, a Live Science. “El Pacífico es, en esencia, lo que queda de Panthalassa”, agregó.
Cuando Pangea comenzó a fragmentarse hace unos 230 millones de años, Panthalassa se fue reduciendo, dando lugar al océano Atlántico en la grieta entre los bloques continentales. El Pacífico, en cambio, es lo que quedó de ese antiguo océano global.
Bajo el agua, las placas tectónicas contaron su propia historia. Según estudio de 2016 publicado en la revista Science Advances, hace unos 200 millones de años, la placa del Pacífico nació de la unión de tres antiguas placas: Farallón, Fénix e Izanagi. A diferencia de otras zonas donde los intentos de separación tectónica fracasaron –como la triple unión de Afar en África–, esta triple fractura sí “prosperó”, dando lugar a la placa tectónica más extensa del planeta.
Con el paso del tiempo, esa placa empujó a sus predecesoras hacia los márgenes continentales. La mayor parte de la placa Farallón quedó sepultada bajo América del Norte, la Izanagi bajo Asia, y apenas queda un fragmento de la Fénix en el paso de Drake, entre Sudamérica y la Antártida.





