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Un mu­seo sub­ma­rino en Da­kar, el pri­me­ro de Áfri­ca oc­ci­den­tal

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El mu­seo sub­ma­rino de Da­kar nació en silencio en diciembre de 2021, pero no fue hasta hace unos meses cuando comenzó a llamar la atención de los amantes del mar. Fue hasta entonces que decidieron sumergirse en este espacio, el primero en África occidental.

Rodwan El Ali, director del Centro de Buceo Oceanium, aficionado al submarinismo desde su infancia, dio forma al proyecto desde el sofá durante sus días de descanso.

«Soy alguien que, o está sumergido en el agua, o que cuando está en casa ve vídeos submarinos. Así que solía pasar mis días libres viendo la televisión. Estuve viendo lo que había sobre buceo en otros países y me encontré con museos subacuáticos extraordinarios en otros países como Mé­xi­co«, explica El Ali a en el restaurante del grupo Oceanium.

«Y pensé, bueno, hay esto en otro lugar, ¿por qué no lo traigo a casa? (…) Así que me dije, voy a intentar reproducir esto en casa y al mismo tiempo el objetivo era poder llevar a la gente bajo el agua para explicarles cuál es el problema (medioambiental) que tenemos», cuenta.

Seis obras bajo el agua 

El museo se encuentra frente a Oceanium, un grupo compuesto por el club de buceo, un restaurante y una ONG de­di­ca­da a la pro­tec­ción del me­dio am­bien­te des­de 1984. Todo se gestiona por los hijos e hijas de Haïdar El Ali, uno de los ecologistas más influyentes de África occidental y exministro senegalés de Medio Ambiente.

A cuatro metros de profundidad inauguraron en este museo, seis obras de los ar­tis­tas eu­ro­peos Mis­cha San­ders y Phi­lipp Put­zer. Se sabe que desde 2018, han vivido en África occidental y en la actualidad se encuentran a caballo entre Senegal, Francia e Italia.

Las obras están inspiradas «en la continuidad de nuestra práctica artística, en la cual hablamos ya de cuestiones de futuro y de pasado, de restos arqueológicos, ruinas y huellas urbanas y construcciones urbanas modernas invadidas por la naturaleza, principalmente en las megalópolis africanas», explica Sanders.

Las crea­cio­nes son de su­per­fi­cie ru­go­sa y tie­nen for­mas de co­lum­nas, pero tam­bién evo­can a los co­ra­les y los neu­má­ti­cos.

«La instalación en su conjunto recuerda también una especie de sitio arqueológico, podemos hablar, por ejemplo, de leyendas antiguas, de historias como Atlántica», añade la artista.

Estas obras se realizaron en hormigón, un material que sobrevive al medio marino y que no contamina (característica esencial para poder formar parte del museo). Estas hoy se confunden con el ambiente y son el ho­gar de con­chas, eri­zos, al­gas, pa­ta­tas de mar y pe­ces, y en ocasiones son visitadas por pulpos y cangrejos ermitaños.

«Hay de todo y, en la época de cría, tendremos huevos (de sepia) en las obras, eso seguro. Estoy esperando eso para poder filmarlos», declara El Ali.

Desastre ecológico 

Landing Diehdiou, uno de los empleados del club de buceo, desenreda un trozo de red en una de las obras y lo guarda en uno de los bolsillos del chaleco de su botella de oxígeno para sacarlo a la superficie. Esta acción muestra la pro­ble­má­ti­ca del océano en las costas de Senegal y contra la que también lucha Oceanium.

«Es un desastre. Es horrible lo que está pasando en el mar, donde no hay más espacio, hay redes por todas partes», lamenta El Ali, cuyo club, junto a la ONG Oceanium, realiza operaciones de limpieza en las que sacan hasta 40 toneladas al año de redes y desechos del mar.

La poca profundidad del museo permite la visita de  cualquier persona, gratuitamente, y que sea también un lugar en el que se pueda hacer el bautismo de buceo.

Sensibilizar a la población

Además, el museo sensibiliza. Es por eso que, por primera vez, una escuela se puso en contacto con el club para explicar a los niños este proyecto y los pro­ble­mas me­dioam­bien­ta­les cau­sa­dos por la con­ta­mi­na­ción y la so­bre­pes­ca.

«Tenemos una respuesta (y), sobre todo, desde que existe este museo vienen los medios de comunicación y dicen: ‘¡Oh! hay algo bajo el agua, hay basura’. Se habla de ello, pero antes era difícil hablar de ello», explica El Ali, para quien este paso ya es un pequeño éxito.

Para el director, los grandes límites del museo son la financiación y la necesidad de que los artistas donen sus obras, que permanecerán en el agua porque, si se sacan, muere la vida formada en torno a ellas.

«Para que se parezca a lo que quiero, necesita obras. Cuan­tas más obras haya, más bo­ni­to será. (…) Si conseguimos en algún momento tener todo un recorrido de obras por el que se pueda pasear, sería magnífico. Así que si puedo pedir algo hoy, son obras».

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